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Aléxandros 2. Las arenas de Amón. Valerio Massimo Manfredi

27 May

Aléxandros 2.  Las arenas de Amón.  Valerio Massimo Manfredi

 

¿Hay algo en lo que creas, Tolomeo? —Sí, sin duda —repuso el joven apoyando una mano en la guarnición de la espada—. En ésta. —Y luego, apoyando la otra en el hombro de Alejandro, agregó—: Y en la amistad. —Y sin embargo —insistió el sacerdote— los objetos que veis son venerados entre estas sagradas paredes desde tiempos inmemoriales, y los túmulos a lo largo de la orilla recubren desde siempre los huesos de Aquiles, Patroclo y Áyax.

Se oyó un ruido de pasos: Calístenes se había juntado con ellos para visitar el famoso santuario. —¿Y qué dices tú de todo esto, Calístenes? —Preguntó Tolomeo yendo a su encuentro y cogiéndole del brazo—. ¿De veras crees que ésa es la armadura de Aquiles? ¿Y que ésta que cuelga de la columna es la cítara de París?

Acarició las cuerdas, de las que extrajo un acorde opaco y desentonado. Alejandro parecía no escuchar ya: miraba fijamente a la joven locria que ahora estaba poniendo aceite perfumado a los velones, miraba sus formas perfectas, en la transparencia del ligero peplo atravesado por un rayo de luz, observaba el misterio que relampagueaba en sus ojos de mirada huidiza y sumisa.

—Todo esto no tiene ninguna importancia, lo sabéis muy bien —replicó Calístenes—. En Esparta, en el templo de los Dioscuros, muestran el huevo del que nacieron los dos gemelos, hermanos de Helena, pero yo creo más bien que se trata de un huevo de avestruz, un pájaro líbico de la altura de un caballo. Nuestros santuarios están llenos de semejantes reliquias. Lo importante es lo que la gente quiere creer, y la gente tiene necesidad de creer, así como también de soñar.

Mientras hablaba, se volvió hacia Alejandro. El rey se acercó a la gran panoplia de bronce, adornada de estaño y plata, y con los dedos rozó el escudo esculpido a franjas repujadas, con escenas descritas por Homero, y el yelmo adornado con una triple cimera.

—¿Y cómo habría llegado hasta aquí esta armadura? —le preguntó al sacerdote. —Odiseo la devolvió, presa de los remordimientos por habérsela usurpado a Áyax, y la depositó delante de su tumba como presente votivo, implorando su regreso a Itaca. Desde entonces fue guardada y conservada en este santuario.

Alejandro se acercó al sacerdote.

— ¿Sabes quién soy?

—Sí. Eres Alejandro, el rey de los macedonios.

 

—Así es. Y soy el descendiente directo, por parte de madre, de Pirro, hijo de Aquiles, fundador de la dinastía de Epiro, y por tanto heredero de Aquiles. Por tanto esta armadura me pertenece, y la quiero.

El sacerdote palideció. —Señor… —¡Pero cómo! —exclamó con una sonrisa maliciosa Tolomeo—. Nosotros hemos de creer que ésta es la cítara de París, que éstas son las armas de Aquiles construidas por el mismísimo dios Hefesto en persona, ¿y tú no crees que nuestro rey es descendiente directo del pélida Aquiles?

—Oh, no —balbuceó el sacerdote—. El hecho es que se trata de objetos sagrados que no pueden… —Cuentos —intervino Pérdicas—. Ya mandarás hacer otras armas idénticas. Nadie se dará cuenta de la diferencia. Como puedes ver, a nuestro soberano le son de utilidad y puesto que pertenecían a su antepasado…

Abrió los brazos como queriendo decir: «Una herencia es una herencia».

 
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Publicado por en 05/27/2011 en Literatura Histórica

 

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