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Robin Lane Fox autor de una monumental biografía de Alejandro Magno

02 May

Robin Lane Fox, autor de ‘El mundo clásico’, rescata -corregida y aumentada- su monumental biografía de Alejandro Magno. En estos fragmentos se recogen las relaciones con su maestro Aristóteles y con su amigo más amado, Hefestión.

 

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“Los jóvenes”, escribió Aristóteles, “no son el auditorio más adecuado para la ciencia política; no tienen experiencia de la vida y, puesto que todavía siguen a sus emociones, sólo escucharán sin un propósito, de manera vana”. Probablemente quien habla aquí es un hombre que intentó inculcarle la filosofía a Alejandro y fracasó, pues no hay ni la más pequeña prueba de que Aristóteles influyera en Alejandro, ni en sus objetivos políticos ni en sus métodos. Sin embargo, escribió panfletos para él, quizá a petición suya, aunque no se ha conservado ninguno que pueda fecharse: sus títulos Sobre el reino, En defensa de las colonias, y posiblemente también la Asamblea de Alejandro y los Méritos de las riquezas, parecen temas adecuados para un hombre que habría de convertirse en el más rico de los reyes y en el fundador de ciudades más prolífico del mundo; sin embargo, Aristóteles ya había demostrado que era capaz de adular a sus patronos, y puede que estas obras hubiesen sido más un halago a los logros de Alejandro que un medio para aconsejarle nuevas ideas. Mucho se ha dicho del supuesto consejo de Aristóteles de “tratar a los bárbaros como a plantas y animales”, pero puede que el consejo pertenezca a la ficción. A pesar de que Aristóteles compartía el punto de vista común de sus contemporáneos griegos de que la cultura griega era superior a las costumbres del este bárbaro, no se lo puede condenar como a un racista recalcitrante; Aristóteles se interesó por la religión oriental y alabó abiertamente la constitución por la que se gobernaban los cartagineses. Cuando Alejandro nombró a orientales para ocupar altos cargos en su imperio, se ha dicho muchas veces que la práctica le demostró la estrechez de miras de su tutor en relación con los extranjeros, pero sus diferencias no son tan agudas. El pensamiento político de Aristóteles se basaba en la vida de una ciudad griega, y fueron estas mismas ciudades griegas las que su discípulo diseminó desde el Nilo hasta las faldas del Himalaya, donde perduraron y fueron importantes durante mucho más tiempo que ninguna etapa monárquica, y a menudo se ha criticado a Aristóteles por no haber sido capaz de prever su supuesta importancia. Alejandro no sólo siguió siendo un griego en el mundo oriental a tra-vés de las ciudades que fundó, sino también a través de la cultura, y aunque la política y las amistades lo llevaron a incluir a orientales en el gobierno de su imperio, nunca adoptó la religión persa y es probable que nunca llegara a aprender de manera fluida una lengua oriental.

 

Pese a que la política no fuera el tema, un muchacho no podía evitar aprender de Aristóteles la curiosidad. Y para el muchacho de catorce años que era Alejandro, Aristóteles debió de parecerle menos un filósofo abstracto que un hombre que conocía las costumbres de las sepias, que podía explicarle por qué los torcecuellos tienen lengua o que los erizos copulan de pie; Aristóteles era un hombre que había practicado la vivisección a una tortuga y que había descrito el ciclo vital de un mosquito del Egeo. La medicina, los animales, la naturaleza de la tierra o la forma de los mares eran intereses que Aristóteles podía contagiarle y que Filipo ya había tratado, y cada uno de ellos formó parte del Alejandro adulto. Alejandro prescribió curas para la mordedura de serpientes a sus amigos, sugirió que una nueva variedad de ganado debía enviarse por barco desde la India hasta Macedonia y compartió el interés de su padre por la canalización y el riego, así como por la recuperación de las tierras yermas; sus agrimensores midieron a pasos los caminos de Asia, y él destinó su flota para que explorara el mar Caspio y el océano Índico; su tesorero experimentó con plantas europeas en un jardín babilonio y, gracias a los hallazgos de la expedición, el discípulo más inteligente de Aristóteles pudo incluir el baniano, la canela y una mata de mirra en libros que marcan el inicio de la botánica. Alejandro fue algo más que un hombre duro y ambicioso; tenía el amplio arsenal de intereses de un hombre curioso, y durante los días que pasó en Mieza, hubo temas suficientes para que dichos intereses salieran a la luz. “Es el único filósofo”, dijo amablemente un amigo refiriéndose a él, “al que he visto siempre armado”.

 

 

Alejandro no fue el único alumno macedonio de Aristóteles. El filósofo entabló amistad con Antípatro, un hombre cuya amplia inteligencia se olvida a menudo, y los hijos de Antípatro habrían ido a Mieza para tomar lecciones; lo mismo habrían hecho los pajes reales, y quizá también Hefestión, el hijo de Amintor, a quien Aristóteles dedicó una gran cantidad de cartas. Hefestión fue el hombre al que Alejandro amó, y, durante el resto de sus vidas, su relación siguió siendo tan íntima como ahora irrecuperable: Alejandro sólo fue derrotado una vez, dijeron los filósofos cínicos mucho después de su muerte, y fue por los muslos de Hefestión. Sólo hay una estatua que se le ha atribuido: de cabellos cortos y nariz larga, no parece excesivamente imponente, aunque su aspecto no debía de constituir su atractivo. Filipo había estado fuera en demasiadas campañas como para dedicar personalmente mucho tiempo a su hijo, y no siempre es descabellado explicar la homosexualidad de los jóvenes griegos como la necesidad de un hijo de reemplazar a un padre ausente o indiferente por medio de un amante mayor. No conocemos la edad de Hefestión, pero si se descubriera podría poner su relación con Alejandro bajo una luz inesperada: puede que fuera el mayor de los dos, como el héroe homérico con el que lo comparaban sus contemporáneos, un Patroclo mayor para el Aquiles de Alejandro.

 

En la Grecia antigua, una homosexualidad moderada era una alternativa sexual aceptable a las esposas y las prostitutas. Era una costumbre, no una perversión, y Heródoto dijo abiertamente que los persas la habían aprendido de los griegos, del mismo modo que los emigrantes ingleses la pusieron de moda entre la elegante sociedad australiana. El deseo homosexual extremo y promiscuo, así como la prostitución masculina, eran tan absurdos o aborrecibles como a menudo parecen serlo en nuestros días, pero entre dos jóvenes, o un joven y un adulto, estas relaciones no resultaban algo extraño; la homosexualidad, como había escrito Jenofonte recientemente, también formaba parte de la educación, en la que un hombre joven aprendía de un amante mayor. Estas relaciones amorosas podían costar caras, pero si era posible idealizarlas, no eran censurables en absoluto.

 

 

La relación masculina más intensa de Alejandro fue con Hefestión, una relación que se presentaba según el modelo de la que en Homero mantenían Aquiles y Patroclo: hacia 350 antes de Cristo, ésta se entendía como una relación de tipo sexual, aunque los poemas de Homero no lo dicen claramente. En fuentes posteriores, Alejandro y Hefestión son descritos de manera explícita como “amante” y “amado”, y sus contemporáneos daban este hecho por seguro. El sexo habría formado parte de su relación, aunque no sabemos exactamente quién hizo qué a quién. Tampoco sabemos (…) hasta dónde llegaba Alejandro en sus relaciones. Esto no le impidió tener primero una amante y después una esposa: quizá, como sucedía en el caso de muchos otros griegos jóvenes, se trataba de un affaire de la niñez, pero se apoyaba en un amor real que era mucho más fuerte y profundo que el mero sexo casual. Más tarde, Alejandro planeó los matrimonios de sus oficiales de manera que sus propios hijos se convirtiesen en primos hermanos de los de Hefestión. Cuando Hefestión murió, la pena que sintió fue inmensa y las conmemoraciones que planeó, sorprendentemente extravagantes, incluyendo la promoción de un culto de carácter heroico a Hefestión. Éste llegó a dirigir la caballería de Alejandro del modo más hábil y a servirlo como su “segundo en el mando”, como se veía al quiliarca. Excavaciones recientes realizadas en Macedonia afirman haber descubierto un busto esculpido de Hefestión: su aspecto es convenientemente distinguido, un amante adecuado en el asunto amoroso que se consideraba el más extravagante de la antigüedad hasta que lo superó la pasión del emperador Adriano por el joven Antínoo, unos cuatrocientos años más tarde. A los treinta años, Alejandro todavía era el amante de Hefestión, aunque hacia esa edad normalmente la mayoría de los griegos más jóvenes ya habían dejado a un lado esa costumbre y un hombre mayor habría renunciado o se habría decantado por otros chicos más jóvenes. La relación de Alejandro y Hefestión era sólida; Hefestión acabaría dirigiendo la caballería de Alejandro con mucha habilidad y convirtiéndose en su visir antes de morir como un héroe divino y de merecer un culto póstumo.

 

 
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Publicado por en 05/02/2011 en Literatura Histórica

 

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