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LA MUERTE DE HEFESTION según los hechos reales

16 Mar

Y a ti apelo en el dolor, dame tu mano; nunca más
retornaré de la muerte en cuanto me proporciones el rito de la
incineración.
Nunca más tú y yo, vivos, estaremos apartados de nuestros
amados compañeros y haremos planes, pues el acedo sino
que me fue dado al nacer ha abierto sus fauces para atraparme.Y tú, Aquiles, cual los dioses tienes tu propio destino…

************************************

La palabra es persa y significa bello parque. Siempre remiso a quedarse de brazos cruzados, invitó al habitual grupo de artistas distinguidos y celebró concursos, banquetes y juegos. Sin duda el alcohol fluyó libremente, aunque no más que en otras ocasiones. Conviene recordar que el patrón de conducta de los bebedores empedernidos es básicamente repetitivo en cuanto alcanzan el punto de desinhibición. Si Alejandro se hubiese vuelto cada vez más adicto, sin duda habría referencias a estallidos de violencia semejantes al que provocó la muerte de Clitos. Podemos deducir que su penitencia fue más que transitoria y que le dio una dolorosa lección.

Durante las celebraciones, Hefestión cayó enfermo de unas fiebres, pero una semana después estaba mejor. Alejandro dejó el palacio para presidir una prueba atlética para varones. Le llegó el mensaje de que súbitamente Hefestión había empeorado. «Dicen que el estadio estaba lleno a rebosar»; dejó boquiabiertos a los asistentes ante su repentina partida y corrió al lecho del enfermo, pero llegó demasiado tarde.

Alejandro había desarrollado una fortaleza invulnerable ante el peligro, las heridas, las condiciones climáticas extremas, las penurias, la fatiga, la enfermedad, el peso de las responsabilidades y el temor a su propia muerte. Este golpe lo alcanzó donde carecía de defensas y su razón apenas lo resistió. Permaneció junto al cadáver un día y una noche, hasta que los amigos se lo llevaron a rastras; pasó tres días tendido, llorando o mudo, en ayunas e inabordable. Se convirtió en amarga realidad la tragedia que había representado en Opis para impresionar a los soldados. Cuando se levantó se entregó a un duelo desaforadamente extravagante. Se cortó el pelo, como Aquiles por Patroclo (el tributo habitual era un solo mechón que se ataba a una corona). Hizo recortar las crines y las colas de los caballos y retirar los adornos de las murallas de la ciudad.

Las fuentes no dan razones que permitan suponer que los amantes seguían distanciados a la muerte de Hefestión. Sin embargo, los autorreproches por la pérdida son implacablemente retrospectivos y recuerdan hasta el último detalle. Hacía poco Alejandro había puesto la monarquía por encima de la amistad, quizá con sobrados motivos, pero estas cuestiones se reviven con gran dolor. Es indudable que durante unos días apenas conservó la razón. Empero, no está nada claro que fuese tan irracional como para hacer ahorcar al médico de Hefestión.

Plutarco dice que mientras el médico (un griego llamado Glaucias; probablemente el fiel Filipo ya había muerto) se encontraba en el teatro, el paciente interrumpió su dieta (sin especificar) y desayunó pollo y una botella de vino. (Habitualmente los griegos desayunaban con vino.) Arriano sólo menciona el vino. Fuera como fuese, murió poco después, ya que Alejandro permaneció junto al cadáver «la mayor parte del día». Arriano, que para este acontecimiento utiliza diversas fuentes cuyos nombres lamentablemente no da, cita a una según la cual Alejandro ordenó la muerte del médico por haber recetado una droga perniciosa. No sólo fue una sospecha razonable entonces, sino que lo sigue siendo en el presente.

Es muy difícil explicar una crisis tan repentina en un joven convaleciente. La peritonitis debida al apéndice perforado no mata en el acto. Se sugiere una fiebre tifoidea; provoca dolores como de hambre, los alimentos sólidos perforan el intestino ulcerado y el paciente puede morir de una hemorragia; sin embargo, dicho proceso se consideraría rápido si durara un período tan corto como seis horas y Alejandro debió de volver al galope del estadio en cuestión de minutos. Una hemorragia atípica y generalizada podría provocar un colapso tan acelerado, pero los síntomas están mucho más de acuerdo con un envenenamiento, y dados los conocimientos médicos de la época, a Alejandro le pareció que de eso se trataba. La posición del médico era sospechosa. Pudo administrar al paciente una medicina incorrecta mientras todos asistían a las celebraciones, decirle (para negarlo después) que podía hacer una comida, hecho al cual luego atribuiría la muerte, e irse a donde nadie pudiese encontrarlo –hecho que en sí mismo era censurable– mientras la droga surtía efecto. Sin duda la inútil búsqueda del médico fue lo que provocó la fatal demora a la hora de avisar a Alejandro. Como todos los poderosos, Hefestión tenía enemigos, hecho del que Alejandro estaba enterado. Había que vengar a Patroclo y Aquiles no estaba en condiciones de hilar fino. Pasada la desesperación inicial, se daría cuenta de que, en el caso de ser culpable, Glaucias no pudo ser más que un agente y con su ajusticiamiento se perdió definitivamente el conocimiento de quién fue el autor real.Teóricamente, es posible que Crátero lo hubiese planificado desde lejos. Empero, Alejandro jamás mostró hacia él el menor deterioro en la confianza, lo que demuestra que cualquier conflicto entre Crátero y Hefestión había quedado superado mucho tiempo atrás. Era Eumenes el que vivía aterrorizado. Su disputa había sido reciente, prolongada y acalorada. Plutarco, que escribió su vida, afirma que Alejandro se arrepintió enseguida de haberlo apoyado en contra de Hefestión. En ese momento el arrepentimiento se convirtió en amargura. Fue severo con cuantos se habían peleado con el difunto y, sobre todo, con Eumenes, pues suponía que se regocijaba. Si tenemos en cuenta el estado de ánimo del macedonio, Eumenes debió de preguntarse cuánto tardaría Alejandro en despertar una mañana con el convencimiento de saber quién era el asesino. El secretario, prudente hombre de negocios, se protegió organizando complejas y costosas conmemoraciones en honor de Hefestión. Al recobrar los cabales, Alejandro debió de descartar sus sospechas, pues conocía a Eumenes de toda la vida; ante esos tributos se sosegó y se ocupó de sus propias ofrendas. Para los de su época eran una forma de comunicación con los difuntos, la única que ahora le quedaba y, pese a las enseñanzas de Calano, la acción era el único escape que conocía.

Prohibió la música en la corte y en el campamento: ordenó que todas las ciudades del imperio estuvieran de duelo; dedicó a Hefestión su regimiento, que portaría su nombre a perpetuidad y su imagen como estandarte. Arquitectos y escultores diseñaron santuarios y estatuas en su memoria en las principales ciudades. Los de Alejandría serían excepcionales y, para variar, en este punto el extravagante pseudo–Calístenes nos resulta útil: al menos se le puede hacer caso cuando describe su ciudad natal. Arriano cita –y deplora con razón– una presunta carta de Alejandro a Cleomenes, sátrapa de Egipto, posteriormente expulsado por Tolomeo. En la misiva se dice que, a cambio del cuidado correcto de los santuarios de Hefestión, a Cleomenes se le concederá inmunidad ante todos los delitos, pasados o futuros. El documento tiene cierta importancia porque si Alejandro lo redactó, es evidente que estaba transitoriamente enajenado; de todos modos, en la forma aquí presentado es indudablemente apócrifo (contiene una referencia al Faro, construido ochenta años después); de pseudo–Calístenes puede deducirse la verdadera naturaleza de la inmunidad concedida. Al describir la creación por parte de Tolomeo de un templo de culto estatal a Serapis y Apis, define la posición de su sumo sacerdote, sus atributos y su remuneración. «Será inviolado y estará libre de todo tipo de obligaciones.» Sobre los procedimientos religiosos egipcios, Alejandro sabía tanto como Tolomeo y sus verdaderas instrucciones debieron de consistir en organizar un sacerdocio inviolado para el culto de Hefestión.

 

Lo más penoso y heroico fue el envío, poco después, de una embajada al oráculo de Amón en Siva para pedir que se concedieran honores divinos a Hefestión. (De ahí, obviamente, la mención de los sacerdotes.) Fue algo más que el engrandecimiento del difunto. ¿De qué otra forma el hijo divinizado de Amón podía reunirse en el mundo por venir con el hijo mortal de Amintor de Pella?

 

Preocupado por todo esto, Alejandro olvidó sus sospechas. Entre aquellas personas en las que recayeron, no se dice una sola palabra de la que más motivos tenía y que, al consolarlo de la pérdida, más debió regocijarse. Alejandro no podía saber que esa persona era lo bastante resuelta e implacable como para provocar su muerte. Es algo que se supo después de la defunción del monarca. Entonces quedó claro que nadie había odiado a Hefestión tan acerbamente como Roxana, que asesinó a su joven viuda en cuanto tuvo las manos libres. Antes de abandonar Ecbatana, el grupo de artistas que se había reunido para las celebraciones fue invitado a abandonar el silencio del luto para participar en los juegos funerarios. El funeral propiamente dicho se celebraría en Babilonia, junto a la hoguera homérica. El cuerpo embalsamado fue confiado al convoy de Pérdicas, el nuevo chiliarco, pariente de la casa real macedonia y portador de uno de sus nombres tradicionales. Deseoso de irse y de embotar el dolor con la acción, Alejandro en persona encabezó una expedición contra una tribu de bandidos, los coseanos, que desde hacía mucho tiempo asolaban la ruta entre Babilonia y Susa. Los reyes persas nunca lograron someterlos y les resultó más fácil librarse de ellos comprándolos. Los persiguió hasta sus fortalezas invernales –en verano hacían vida nómada– y los obligó a rendirse. (Con su habitual respeto por los valientes, posteriormente reclutó un cuerpo de coseanos.) Tolomeo, el otro comandante de la expedición, informó que había sido una difícil campaña de montaña en la que Alejandro participó activamente. Los meses de descanso físico debieron de aliviar las molestias que le producía la herida en el pecho. No obstante, es posible que esa guerra se convirtiese en su sentencia de muerte. Pasó dos meses en las colinas en la misma época en que los reyes persas instalaban la corte en Babilonia en virtud de su moderada estación invernal. Alejandro llegó a la ciudad en primavera y permaneció durante su ardiente e insalubre verano.

 

 

 

 
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Publicado por en 03/16/2011 en Literatura Histórica

 

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