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TERNURA Y AMISTAD: ALEXANDER & HEFESTION

04 Mar

Alguien escribió lo siguiente y le puso todo el candor y la ternura de la edad de los niños Alexander  y Hefestión.

 

Pella, Macedonia. año 344 a. de C.

Hefestión, es un muchacho atractivo y dulce. Pero valeroso, duro y templado como el que más. Su maestro Aristóteles siente una especial predilección por él. Es, de entre todos sus pupilos, el favorito. No es casualidad que años más tarde, sea con el único que seguirá manteniendo una fluida correspondencia. Porque Hefestión siempre tiene la palabra más precisa en la clase de historia, el animo más templado en la arena y el ingenio más vivo en aritmética. Brilla por su gran inteligencia y conoce el griego y el persa, además del macedonio.

Aristóteles observa a los muchachos sentado en el pórtico que rodea la pista, escuchando las instrucciones que a gritos les imparte Leónidas, el preceptor militar que Filipo ha escogido para adiestrarles.

Todos rondan los doce años, el sol cae a plomo y los pupilos se entrenan duramente en la arena. Allí estan todos los que más tarde seran compañeros de armas y generales de los ejércitos de Alejandro; Tolomeo, Seleuco, Lisímaco, Leonato, Pérdicas y Crátero.

Y Hefestión.

Alejandro y Hefestión luchan uno contra el otro. Los cabellos recogidos con cintas para no obstaculizar el ejercicio, se escapan rebeldes y los cuerpos todavía infantiles, solo cubiertos por un taparrabos se entrelazan el uno al otro, intentando derribarse mutuamente. Los muchachos se esfuerzan con terquedad. Sudan, jadean y finalmente, ríen tendidos en el suelo, el uno sobre el otro. Hefestión ha vencido a Alejandro.

Los demás le miran recelosos. Él nunca duda. Nunca se deja vencer y al hijo del rey no parece molestarle. Si hubiera sido cualquiera de ellos…

Aunque no pueden saberlo, ya que ninguno ha tenido hasta ahora el valor para superar a Alejandro en la lucha y no fingir ser derrotados una y otra vez.

El adiestramiento termina y Leónidas les da la orden consabida. Hay que lavarse, cambiar las ropas sucias por otras limpias y acudir al patio posterior, donde será el turno de Aristóteles para continuar la labor de instruir ahora las mentes y no los cuerpos de los muchachos.

-Ven conmigo, Hefestión. Nos lavaremos en mi aposento. Tengo una nueva arcilla para el baño, traída de Oriente.

El niño de ojos azules mira a su alrededor, afable. Los demás compañeros, entre varoniles empujones, risas y bromas se encaminan a los baños colectivos, donde lavarán sus cuerpos del sudor y la arena y mudarán sus ropas. Él asiente en silencio y sigue a Alejandro. Alguno les ve partir juntos pero pronto lo olvida. Al fin y al cabo… ya se sabe. Siempre están juntos. Son amigos. Los mejores amigos.

La habitación de Alejandro es amplia y está excepcionalmente fresca a esta hora de la tarde en la que no se encuentra respiro en ningún lugar. El inmisericorde sol vertical parece respetar el espacio privado del hijo del rey y Hefestión se siente inmediatamente a gusto allí, en la umbría alcoba, junto a su amigo. Alejandro se desnuda y él hace lo mismo.

El tiempo se detiene.

Los niños se miran como si nunca se hubiesen visto antes de ahora. Alejandro deja escapar una risita nerviosa y dirige la vista hacia los atributos de Hefestión, que lejos de incomodarse, sonríe a su vez y baja la mirada hacia el mismo lugar, contemplándose a sí mismo.

-¿Qué miras?

-La tienes… más grande que yo.

La infantil comparación provoca la risa de Hefestión.

-Pero tú serás rey. Y yo no…

Alejandro también sonríe ante la aplastante evidencia y se acerca a Hefestión.

-Dice el maestro que… cuando dos hombres se aman y yacen juntos, no por lascivia sino para intercambiar virtud, ese amor es bueno.

-¿Y como crees tú que se yacerá juntos sin lascivia, Alejandro¿Y cómo se intercambia la virtud?

-No lo sé, pero… Aquiles y Patroclo se amaban. Ellos eran héroes, supongo que… hacían lo correcto. ¿No crees?

-Estoy seguro…

Los cuerpos inocentes se abrazan en su desnudez. Las bocas vírgenes se buscan y sin saber ir más allá, unen sus labios. Lo que saborean les gusta. Les hermana aun más y les anima a seguir investigando lo que es correcto y lo que no, lo que es someterse a las bajas pasiones o elevarse en la dignidad del amor puro, según palabras de su maestro, Aristóteles. Y según sus héroes, Aquiles y Patroclo.

Hefestión siente como su todavía exigua erección crece al mismo tiempo que el contacto con Alejandro se estrecha. Alejandro nota su miembro rozarse con el de su amigo, y le abraza más fuerte, en lo que él imagina debe ser la pasión. Aquello que según su maestro, lleva a la perdición de los hombres.

-¿Supones que… vamos por el buen camino?

-Supongo que sí. Yo me siento… bien. ¿Y tú?

-También…

 
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Publicado por en 03/04/2011 en Sin categoría

 

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